
caminabamos tiernamente junto a quienes morían al borde de las veredas.
teníamos bonitos automatismos en el cuerpo.
muchos, destinados a evitar elegantemente,
esa mano tendida que amenazaba los tobillos.
luego la noche traería el exceso y el pánico.
y correríamos desesperados a morir.
solos, escondidos.
la muerte sigue siendo un elemento de verguenza
