Extractos de la Historia de los Abipones II
de S. J. Martín Dobrizhoffer
Extractos de la Historia de los Abipones II
de S. J. Martín Dobrizhoffer
Para los habitantes de Santa Fe tanto el indio reducido como el montaraz podían ser observados en sus calles o en las estancias vecinas y sus alrededores después de mediado del siglo XIX, si que esto constituyera un hecho excepcional y sin que alarmara a la ciudad. (13)1 Descontando que “La Estanzuela” donde fueron albergados los inmigrantes antes de su traslado a la colonia podían haber peones indios, o soldados indígenas pertenecientes a la Comandancia de la Frontera Norte que allí tuvo asiento, colonos esperancinos viajaban constantemente a la ciudad de Santa Fe -constancias de 1857- ppor lo cual puede deducirse que no sólo Lina Beck Bernard pudo ser testigo, entre los extranjeros, de las escenas descriptas. Es decir, que el indio, para los primeros inmigrantes colonizadores, no era un ser desconocido que habitaba lejos de donde ellos trabajaban las tierras, como tampoco podían ignorar que los montaraces estaban bajo la vigilancia de fuerzas armadas en fortines y cantones, uno de los cuales, el “Iriondo”, permaneció hasta 1864 ubicado entre el río Salado y el límite norte de la colonia.
Tan frecuente era hallar indios - sin riesgos para las personas-
a unas horas de galope desde la ciudad de Santa Fe,
que Lina Beck Bernard dice después de narrar un paseo por el campo
a distancia medida en esa forma hípica, hacia el norte:
“El calor es todavía intenso y ante nosotros se extiende una llanura sin árboles.
Mi compañera de paseo empieza a quejarse de la sed. A mano derecha se divisa
la techumbre de una casa.
-Si fuéramos allí -me dice- tal vez encontráramos agua.
Le hago ver que estamos solas y que es preferible esperar a nuestros
acompañantes. Pero ella no hace caso porque ha visto dos mujeres
sentadas en el suelo y quiere pedirles agua. Tengo que seguirla y en
pocos minutos de galope nos acercamos a las supuestas mujeres,
que al vernos llegar se levantan como movidas por un resorte y
resultan ser unos indios, hechos y derechos. Están armados de boleadoras
y se apoyan en sus lanzas que han recogido del suelo
con la rapidez que les caracteriza.
Mi compañera les pide un poco de agua y ellos
le ofrecen de un pozo que ha quedado en la casa, completamente abandonada”2.
“Yo examino entre tanto, el grupo que forman los indios”.
“El semblante severo, salvaje, casi sombrío. Los ojos negros expresan
esa vaga tristeza de los pueblos acostumbrados a las vastas soledades
y que miran sin cesar el horizonte. La boca desdeñosa deja ver
los dientes incomparables; no tienen ni señales de barba ni bigotes;
los cabellos, muy negros y de reflejos azulados, caen duros y lacios como crines.
Hay, en efecto, una mujer entre ellos, pero sólo se distingue de los hombres
en que lleva una falda de paño burdo en lugar de chiripá. Por lo demás,
la misma fisonomía, la misma talla, la misma melancolía soberbia,
en los gestos, en la mirada, en las actitudes. Estos rasgos parecen propios
de los pueblos destinados a morir y que sienten
instintivamente la agonía de su raza”.
No creo que la señora Beck Bernard haya deducido,
después de haber visto y observado a esos dos indios y una india,
que “estos rasgos” son los propios de un pueblo destinado a desaparecer,
ni que haya comprobado la agonía de una raza
-ella temía acercarse porque estaban solas-
en el breve intervalo enq ue bebía agua,
por el solo hecho de haber tenido ante sus ojos a dos hombres y
a una mujer indígena, disminuída su capacidad de análisis por el temor.
Ella debió tener conocimiento previo de lo que estaba sucediendo
con las tribus de indios del norte de Santa Fe; era suficientemente curiosa e
inteligente -lo demuestra su libro- como para informarse sobre la vida,
costumbres y significación del indio en las llanuras donde su marido,
Carlos beck Bernard, fundara una colonia agrícola con inmigrantes europeos,
iniciando sus trabajos a un año de establecida Esperanza. El tema del indio
preocupaba a los extranjeros residentes, razón de más para que ella
-que pertenecía a una asosiación filantrópica-
haya tenido interés en conocer la realidad en cuanto al indio
en la provincia donde ella viviría durante cinco años
y donde el indio era mentado constantemente.
Por eso es correcto deducir que cuando escribió
“que sienten instintivamente la agonía de su raza”
no se valió de esa fugaz observación directa,
sino que estaba en conocimiento de las continuas matanzas y
persecución del indio que se venía haciendo desde mucho tiempo atrás,
y sabía que todo ello estaba encaminado a su exterminio y
al total sometimiento de los sobrevivientes. No que su desaparición obedeciera a
una lenta agonía por decadencia física de una raza,
sino por la acción directa de las armas que los mataban.
El testimonio de Lina beck bernard tiene esa significación:
cuando tuvo su encuentro con esos tres indígenas, ya se sabía que el indio
estaba destinado a desaparecer en Santa Fe como consecuencia de
las continuas matanzas, destrucción de familias,
captura y distribución de indias e hijos de ellas entre familias de la ciudad
o de las chacras y estancias. Y este período de exterminio y
también de agrupamiento de indígenas en nuevos y viejos poblados,
desde fuerte Soledad hacia el sur hasta el departamento San Gerónimo
-por tomar un límite-
era el que ya estaba llegando a su término cuando se fundó Esperanza.
Luego vendría el otro, que fue el avance de los fortines hacia el norte de Soledad
en linea de este a noroeste hasta Tostado,
para continuar combatiéndolo y terminándolo,
sin más amparo que los dificultosos intentos de algunos sacerdotes.
Cuando recrudece en el norte la acción armada,
en la llanura colonizada grupos aislados de indios merodean fuera de sus límites
casi siempre con intención de robar hacienda,
pero Esperanza había ya levantado siente cosechas,
estaba definitivamente afirmada como colonia agrícola próspera
y en su centro comenzaba a crecer lo que después sería una ciudad…
[El indio y la colonia Esperanza . Gastón Gori . 34,35,36,37]