13
Abr
08

Passolini

 

A) Las personas más adorables son las que no saben que tienen derechos

 

B) También son adorables las personas que, pese a saber que tienen derechos, no los ejercen o incluso renuncian a ellos.

 

C) Son también bastante simpáticas las personas que luchan por los derechos de los demás (sobre todo de quienes no saben que los tienen).

 

D) En nuestra sociedad existen explotados y explotadores. Pues bien: tanto peor para los explotadores.

 

E) Hay intelectuales, los intelectuales comprometidos, que consideran deber propio y ajeno hacer saber que tiene derechos a las personas adorables que no lo saben; incitara no renunciar a sus derechos a las personas adorables que saben que los tienen pero renuncian a ellos; empujar a todo a sentir el impulso histórico de luchar por los derechos de los demás; y, en fin, considerar indiscutible y fuera de toda duda el hecho de que entre explotados y explotadores, los infelices son los explotados.

 

A traves del marxismo, el apostolado de los jóvenes militantes burgueses -apostolado en favor de la conciencia de los derechos y la voluntad de realizarlos- no es más que rabia inconsciente del burgués pobre contra el buergués rico, del burgués joven contra el burgués viejo, del burgués pequeño contra el burgués grande. Es una guerra civil inconsciente -disfrazada de lucha de clases- en el interior del infierno de la conciencia burguesa.

 

Porque el militante que enseña a los demás que tienen derechos, ¿qué es lo que enseña? Enseña que quien sirve tiene derechos idénticos a quien manda. Enseña que es preciso usufructuar idénticos derechos a los del patrón. El militante que enseña que los explotados son infelices ¿qué enseña? Enseña que hay que pretender una felicidad idéntica a la de los explotadores. el resultado que eventualmente se alcanza así es una identificación; o sea, en el mejor de los casos, una democratización en sentido burgués. La realización de los derechos propios no hace más que promover a quien los obtiene al grado de burgués.

 

No se dieron cuenta de que la degeneración se produjo a través de una falsificación de los valores progresistas (la lucha por el progreso, a su mejora, a la liberación, a la tolerancia, el colectivismo, etc) ¡Y ahora tienen aspecto de estar satisfechos! Encuentran que la sociedad Italiana ha mejorado indudablemente; es decir que e ha hecho más democrática, más tolerante, más moderna, etc. No se dan cuenta de la cantidad de delitos que se perpetran en Italia; reducen todo este fenómeno a las páginas policiales y les minimizan todo su valor. No se dan cuenta de que no existe ninguna solución de continuidad entre aquellos que son técnicamente criminales y aquellos otros que no lo son; y que el modelo de insolencia, falta de humanidad y piedad es idéntico para la masa de jóvenes modernos, en su totalidad. No se dan cuenta de que en Italia hay, además, un cúmulo de excusas: que la noche es desierta y siniestra como en los siglos más negros del pasado; pero esto no lo experimentan, se quedan en sus casas (acaso gratificando con un falso concepto de modernidad su propia conciencia con la ayuda de un televisor).
No se dan cuenta de que la televisión, y tal vez la escuela obligatoria, han degradado a todos los jóvenes, a todos los adolescentes, convirtiéndolos en esquizoides, acomplejados, racistas y burguesotes de segunda clase: pero consideran que ésto es una coyuntura desagradable, y que, ciertamente, se resolverá… como si una mutación antropológica fuese reversible. No se dan cuenta de que la liberación sexual, en lugar de dar flexibilidad y dicha a los jóvenes y adolescentes, los ha hecho desgraciados, cerrados y, por consiguiente, estúpidamente presuntuosos y agresivos; pero de todo esto no quieren ocuparse, porque no les interesa nada ni los jóvenes ni chicos (…)

 

Escribo las presentes lineas el 15 de junio de 1975, día de elecciones. Sé que aún si se produce una victoria de la izquierda -como es probable-, una cosa será el valor nominal del voto y otra muy distinta su valor real. El primero demostrará que Italia es, hoy, en su conjunto, un país despolitizado, un cuerpo muerto cuyos reflejos no son sino mecánicos. Es decir, que estamos viviendo un proceso de adaptación a la propia degradación, de la que buscamos liberarnos sólo nominalmente. Todo está bien, no hay en el país masas de jóvenes criminaloides o neuróticos, conformistas hasta la locura y la intolerancia más radical; las noches son seguras y serenas; los raptos, los pillajes, las ejecuciones, los millones de desfalcos y robos conciernen únicamente a las páginas policiales de los periódicos, etc, etc…
Todo el mundo se ha adaptado, ya sea por no querer darse cuenta de nada, ya sea a consecuencia de la inerte desdramatización de la realidad.
Pero debo admitir que incluso el hecho de haberse dado cuenta o de haberlo dramatizado no nos salva del proceso de adaptación o de aceptación.
Así, pues, yo me estoy adaptando a la degradación y estoy aceptando lo inaceptable. Maniobro para volver a acomodar mi vida. Estoy olvidando cómo eran antes las cosas. Los amados rostros de ayer empiezan a palidecer. Tengo ante mí -lentamente y sin más alternativas- el presente. Readapto mi compromiso a una mayor inteligibilidad.

 

 


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