2. — Cuando se firmó en 1853 el contrato entre Castellanos y el gobierno de Santa Fe la población del Sauce, comprendidos criollos e indios, era de aproximadamente setecientas personas y hacía casi treinta años que los indígenas vivían allí habiendo ya perdido el carácter estricto de reducción, formando una población o colonia indígena con gran mayoría de descendientes de los primeros indios reducidos durante el gobierno de Estanislao López. Estaba emplazado allí un cantón con soldados al mando de oficiales y es de interés destacar que dos de ellos eran el capitán Matías Olmedo y el capitán José Rodriguez que no debe ser confundido con su homónimo el coronel José Rodriguez que dirigió los trabajos de instalación de la colonia Esperanza y era comandante de la Frontera Norte. Los nombres de ambos capitanes se encuentran en documentos relativos a la colonia y secundaron al coronel Rodriguez y a Augusto Reant —agrimensor a cargo del trazado de la colonia— en 1855.
Los abipones del Sauce a juzgar por relaciones con los mocovíes en hechos delictivos denunciados por el gobierno de Córdoba, habrían perdido o apaciguado el mutuo odio a que hace referencia el padre Constancio Ferrero; además, el Sauce no era en conjunto una población indígena entregada al pillaje y enemiga de los cristianos. Era sí un reducto desde donde salían o donde encontraban amparo malhechores similares en cuanto a su conducta delictiva a otra gente que actuaba en todos los departamentos a favor de la vida ruda y miserable que muchos hombres llevaban en loscampos desérticos o poco poblados, sin más fuente de trabajo que las labores ganaderas en las pocas estancias donde sus haciendas estaban a merced del robo de los que vagaban por las llanuras ya fuesen indios, mestizos o criollos; (9)1 “era enorme —dice Cervera— la cantidad de vagos, viciosos, desertores y ladrones que remitían los departamentos de la capital”.
La acciónde indígenas procedentes del Sauce no se diferenciaba en lo esencial de la desplegada por esos hombres no indios que formaban una especie de bajo fondo de la pampa, a veces dirigidos o alentados en sus robos de hacienda por otros que se beneficiaban del abigeato. (10)2
Los actos delictivos de hombres aborígenes conjuntamente con los realizados por grupos de indios, contribuían a crear en la campaña la inseguridad de los bienes y el peligro para las personas. Estas consideraciones son valederas en cuanto a precisar en el año 1855, un concepto referido a Sauce sobre su población de indios y el muy relativo riesgo que podían representar para los pobladores de la colonia Esperanza, fuera de aislados hechos delictuosos, y de nunguna manera como amenaza de invasión y exterminio de la colonia.
Las divisiones políticas y las guerras, dice Cervera refiriendo los hechos de 1850, favorecían y facilitaban las depredaciones de los salvajes, que han aprovechado siempre estos disturbios internos. “Pero ya los indios no son aquellos agrestes caracteres, enemigos irreconciliables de los cristianos. Unidos a éstos, los acompañan en pro o en contra, en las diferentes guerras y durante éstas; o cesando en ellas excursionan tras el robo y el pillaje”. (11)3
Con relación a el Sauce, es muy significativo comprobar que en 1860 en la colonia San Carlos ubicada al sur de Esperanza y cerca de aquella población indígena, “el misionero Tropini entraba por su camino central seguido por numerosos indios del Sauce, todos a caballo, para asistir a un oficio religioso y se unieron indios y extranjeros en la celebración del acto. Las mujeres y niñas indias iban con los pies descalzos, pero relativamente bien vestidas, mientras que los hombres dejaban mucho que desear en ese sentido” dice Jorge Gschwind.
No existía, desde luego, convivencia de indios del Sauce con los colonos de San Carlos, como tampoco la hubo con los esperancinos, aunque en aquella colonia se comerciaba con algunos de ellos; pero el hecho de sus vinculaciones pacíficas está indicando que como población indigena el Sauce había entrado ya en un período en el que se registraban hechos adversos provocados por algunos de sus elementos, aislados, que afectaban a los colonos, pero carecía de fuerza agresiva que pudiese provocar la inestabilidad de las tres colonias que hasta 1859 fueron creadas en su proximidad. Por otra parte estaba dentro de la jurisdicción de la guarnición militar con asiento en la misma población y de la que formaban parte sondados habitantes de esa antigua reducción.
Estos indios y los de otras reducciones o colonias indígenas —como también las llamaba el jefe de la Frontera Norte Alfredo Du Graty— con frecuencia transitaban por la ciudad de Santa Fe o formando parte de las milicias ofrecían allí el espectáculo que describe Lina Beck Bernard cuyo testimonio es de 1857-1862 que solo podía llamar la atención a una extranjera, y no al habitante antiguo de la ciudad o de otras poblaciones santafesinas.
“Anuncian —dice Lina Beck Bernard, esposa de Carlos Beck Bernard, fundador de la colonia San Carlos— una revista general de tropas de la provincia de Santa Fe, entre cuyos cuerpos de caballería fguran los indios auxiliares. La revista se lleva a cabo frente a nuestra casa. (Vivía donde en la actualidad está el edificio de tribunales, frente a plaza 25 de Mayo). De esta manera podemos ver de muy cerca a estos hijos del desierto que ofrecen, reunidos en tropas numerosas, un aspecto terrible. Nos representamos así a las hordas bárbaras que invadieron Europa en los primeros siglos de la era cristiana. Los caballos son flacos y de mezquina apariencia pero singularmente ágiles, fogosos y obedientes, debido, según dicen los gauchos, a una especie de embrujo especial que solamente el indio conoce y oculta escrupulosamente. Van los caballos cubiertos con coronas de lana, tejidas por las chinas y algunos con toda la piel de un avestruz cuyas plumas flotan sobre las ancas, a manera de extraños penachos. De la cincha que sostiene todo el aparejo, cuelga el lazo. Únicamente los jefes llevan recados (subrayado por la autora) a la usanza del pais con freno y riendas guarnecidas de plata. Todos usan la manta o poncho común entre los gauchos y el chiripá que sirve como pantalón ancho y holgado. Estriban con el pie descalzo cuando tienen estribos, que no todos los llevan y se atan la cabeza con una vincha para sostener los cabellos, largos y cerdosos. Algunos se cubren con cascos de cuero de tigre y a veces ostentan como adorno la cabeza del tigre con la mandíbula vuelta hacia arriba, por encima de la frente, y las orejas abiertas a los costados. Otros llevan cascos de forma antigua, cubiertos de pelos de aguará —especie de lobo amarillo de crin negra— con los mechones hirsutos coronando el extraño tocado.
El cacique Gregorio se cubre la cabeza de muy distinta manera. Luce con orgullo un viejo sombrero de copa, que parece protestar, cómicamente, a pesar de su estado imposible, contra el resto del indumento. Las boleadoras y una larga lanza completan el equipo del cacique.
Poco tiempo después de esta revista vimos entrar en la ciudad un cacique pampa, acompañado de su séquito.
Llaman pampa a los indios del sur de Buenos Aires, los más temibles de todos”. (12)4 Anotación Personal5
La población del Sauce podía ofrecer al visitante espectáculos similares al descrito, puesto que allí se reclutaban indios para formar las milicias; además era un pueblo con una pequeña capilla cuyos habitantes vivían en ranchos de barro y paja que no se diferenciarían mucho de los que, levantados con materiales de la misma calidad, peones indios construyeron para los primeros pobladores de Esperanza…
[El indio y la Colonia Esperanza . Gastón Gori - 28-33]
- (9)Jorge Gschwind . Historia de San Carlos, Ed. Universidad Nacional del Litoral, Rosario 1958, pag. 276 [↩]
- (10)En 1820 un reo declaró en Santa Fe que “Es verdad que conducían la hacienda robada, la cual se la entregó Tomás García, capataz del teniente Vicente Mendoza con destino a que la trajera a dicho teniente que se halla en el lugar del Duraznero. Que en otra oportunidad fue nombrado por el sargento Alejandro Colman a robar hacienda con destino al Fraile Muerto”. Y en 1852 “el capitán Alejandro Colman con dos oficiales, el trompa y nueve individuos de tropa” es comisionado para dar seguridad a la frontera del oeste del departamento San Gerónimo porque los indios habían robado impúnemente hacienda en el campo de José Ñudo.
Nota del Comandante del Dpto. San Gerónimo. Febrero 20 de 1852. Archivo de Gobierno, año 1852. [↩] - (11)Manuel Cervera . Historia de la Provincia de Santa Fe. Tomo II, página 865. [↩]
- (12)Lina Beck Bernard . Cinco Años en la Confederación Argentina . 1857-1862 . Traducción de José Luis Busaniche, Ed. El Ateneo, Bs AS 1935, pág. 223-24 [↩]
- Para Lina Beck Bernard los indios más temibles resultan quienes le son distantes.
Los pampas.
Habría que ver si esto es una idea infundada en su contacto con bonaerenses, o una leyenda ya arraigada al ambiente santafesino del momento.
Dobritzhoffer, que no deja de reiterar el caracter de superioridad guerrera de los abipones, no comprende el hecho de que éstos teman al tigre imaginario. [↩]

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