Extractos de la Historia de los Abipones II
de S. J. Martín Dobrizhoffer
He notado en nuestros bárbaros una tendencia innata a orientar siempre el suelo patrio hacia el norte, como si fuera una aguja magnética.
Cuando se enojan por algún hecho adverso, exclaman con voz amenazadora:
“De tal modo me levantaré hacia el norte de Mahaik”.
Me da la impresión de que con esta conminación quieren significar que se volverán a aquellos lugares del norte de Paracuaria en donde sus parientes bárbaros viven aún fuera de la obediencia de los españoles, fuera de la disciplina de los cristianos, a su arbitrio.
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Entre los incontables indios de muchas tribus que conocí de cerca, nunca vi aquellos vicios de forma que por doquier se atribuyen a los americanos. Si dudas de mi palabra, cree, te lo ruego, a mis ojos. Yo he comprobado, que los americanos no son negros como los africanos, ni tan blancos como los ingleses, alemanes o muchos franceses; pero sí mas blancos que algunos españoles, portugueses o italianos. Son en general blancos; en algunas tribus son trigueños, en otras un poco más oscuros.
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He visto a muchísimos salvajes de las selvas,
de rostro tan blanco y hermoso que podrían ser tenidos por europeos
si se les adornara con ropa europea.
Las mujeres son siempre más blancas que sus maridos
porque salen menos fuera de sus casas,
y cuando hacen un camino a caballo,
por un sentimiento innato de pudor,
cuidan más que el sol no las lastime
y cubren su rostro con una sombrilla hecha con largas plumas de avestruz.
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Los abipones son casi siempre de formas nobles, rostro hermoso y rasgos similares a los europeos, salvo el color que, como ya dije, no es totalmente blanco en los adultos, pero sin embargo está muy lejos del de los africanos o los mestizos.
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Ven mejor que nosotros con la ayuda del microscopio o anteojos.
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Las muchas deformaciones y defectos del cuerpo, tan frecuentes entre los europeos, son aquí muy raras y ni siquiera conocidas de nombre.
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Los abipones como ya dije en otro lugar, carecen de barba, y lucen un mentón pelado según es lo común entre los demás indios que nacieron de antepasados indios. Si ves a alguno un poco barbado, no dudes que su abuelo o algún otro antepasado fue de origen europeo.
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Reprueban y desprecian a los europeos cuyos ojos los atemorizan con sus cejas densas, y dicen que los alemanes son hermanos de los avestruces, porque tienen cejas más espesas que éstos. Creen que la vista será molestada y obnubilada por esos pelos.
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Agradan por su óptimo humor y por su complexión, que muchos europeos envidiarían. Y la mayoría de las enfermedades que azotan y consumen a Europa, no se conocen ni de nombre.
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Heridos por balas, viven fuertes muchos años sin intentar arrancarles del cuerpo. Muchas veces nos mostraron como prueba de su fuerza una bala clavada en el brazo o en el pie y nos la expusieron para que la toquemos.
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Me admiraba a menudo – considerando conmigo mismo estas cosas – que las cañas que arrojan fuego de los europeos, sean tan temibles a los bárbaros, aunque raramente sean letales. Pero sin duda, aunque son inofensivas como los fuegos artificiales de los niños, las temen. Así los indios temen más el ruido de la pólvora que el golpe del plomo; a veces los domina más el temor que la proximidad del peligro.
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Ya más arriba recordé que ellos raramente encanecen y quedan calvos. Envejecen a edad muy avanzada, como las plantas que envejecen siempre verdes.
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Si algún octogenario muere, deploran que haya muerto en la flor de la edad. Las mujeres viven más que los varones, porque no van a la guerra y porque, por naturaleza, suelen ser más vivaces. En tierras de los abipones encontrarás tantas viejas de más de un siglo, que apenas las podrás contar.
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¡Ojalá las madres europeas abandonaran los violentos artificios de la naturaleza y los regalos y mimos que usan para criar a sus hijos! ¡Ojalá moderaran las fajas y lienzos con que ajustan sus tiernos cuerpecitos como cadenas, y los encierran como en una cárcel! ¡Ah! nuestra Europa con menos cojos, de piernas torcidas o abiertas, jorobados, enanos, imbéciles y enfermos.
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Y no sólo viven teniendo el cielo como techo, sino que también son sepultados bajo él. Es increíble cómo aborrecen los sepulcros que se hacen en los templos.
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Los proclamo carentes de mente, delirantes e insanos. ¡He aquí mi argumento de su locura! Ignoran a Dios y al nombre de Dios. Llaman con gran complacencia al mal espíritu Aharaigichî, o Queevèt, y a su antepasado Groaperikie. Proclaman que éste es tan antepasado suyo como de los españoles, con esta diferencia: de que en el de éstos los vestidos son espléndidos, de oro y plata; en el suyo en verdad lo excusarían de magnificencia por el nombre de sus herederos. Consideran sin embargo, que ellos son más intrépidos y valientes que cualquier español. Si te place preguntarles: qué fue en otro tiempo aquel antepasado, en qué consistía, te dirán llanamente que lo ignoran. Si insistes otra vez, te dicen que este su antepasado es semejante a cualquier indio de los que viven. ¡Cuán vacía y absurda es su teología! Adoran lo que desconocen, al modo de los atenienses, que habían levantado un altar al Dios desconocido. Los abipones se jactan de ser nietos de un demonio, como los primitivos galos se decían hijos de él.
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Los abipones creen que las Pléyades, grupo de siete estrellas, son la imagen de su abuelo.
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Siempre que los abipones ven brillar un meteoro, – que en América, con cielo seco, son muy frecuentes –, o tronar dos o tres veces, como un trueno de guerra, creen que uno de sus hechiceros descendió en algún lugar, y los muy tontos piensan que su muerte es celebrada con ese fulgor y con ese trueno.
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A menudo amenaza a todos sus compañeros con que se transformará en tigrey que allí mismo los despedazará a todos juntos. En cuanto comienza a imitar el rugido del tigre, los vecinos se dispersan con increíble desorden; pero quedan escuchando a lo lejos las voces fingidas. ¡Oh! ¡Comienzan a brotarle por todo el cuerpo manchas de tigre! ¡Oh! ¡Ya le crecen las uñas!, exclaman atónitas y con temor las mujeres, aunque no pueden ver al embaucador, que se esconde en su tugurio; pero aquel pavor frenético trae a sus ojos cosas que nunca existieron. Quienes a menudo se habían reído de las cosas que deben ser temidas, sienten ahora temor hacia aquella de las que debieran reírse. Yo les decía: vosotros que diariamente matáis sin miedo tigres verdaderos en el campo, ¿Por qué os espantáis como mujeres por un imaginario tigre en la ciudad? Sonrientes, me contestaron: vosotros, Padre, no comprendéis nuestras cosas. A los tigres del campo no les tememos y los matamos, porque los vemos; tememos a los tigres artificiales porque no podemos ni verlos ni matarlos.
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sostienen que son inmortales, y que ninguno de su raza hubiera muerto si los españoles no hubieran desterrado de América a los hechiceros.
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Los abipones llaman Neyàc a los cometas, y los guaraníes yacitatà tatatïbae, estrellas humeantes, porque creen que es humo lo que nosotros llamamos crines, barbas o cola del cometa.
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Ellos también piensan que en otro tiempo apareció una temible y portentosa estrella, cuyo nombre no recuerdo, y que aquellos años habían corrido cruentos para su pueblo y llenos de dolor.
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Pero, basta ya de estas viejas supersticiones de los americanos; no terminaría si las contara una por una. ¿Acaso nos sorprenderemos de tales creencias en estos bárbaros, cuando nuestro pueblo no tan rudo, y educado en ciudades cultas fomenta en su espíritu opiniones tan absurdas como ridículas, y las observa con gran obstinación como si fueran conocimientos de sabios?
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